Anécdota en el metro.


Un día normal, un chico sentado en el vagón del metro, una mujer que se levanta y yo me siento a su lado.

Dos segundos después el chico comienza a hablarme con la intención de ligar, eso sí, muy educado y sin baboseos.


Mantenemos una conversación, me cuenta que lleva solo cinco días en Madrid, que conoce otras ciudades europeas y que España no es de las mejores, que la calidad de vida aquí no es demasiado buena.


Antes de marcharme me pregunta si podemos volver a vernos y le contesto que no, que es imposible.
Y él me contesta: - No, nada es imposible, las cosas pueden ser muy difíciles, pero no existe el imposible.
Me voy acercando a la puerta y aunque sabe que no nos veremos más, le agradezco su frase, llena de optimismo.

Una anécdota sencilla, pero con una frase genial.


Nada es imposible, aunque pueda ser muy difícil.
No estaría mal que cada uno de nosotros se levantara cada mañana repitiendo esta frase y que ante la dificultad no nos rindiéramos, por vagos, por perezosos, por miedo, por comodidad.
Algo de riesgo e iniciativa pueden cambiar muchas cosas, las más banales o las más trascendentales, pero hay que intentarlo. Porque nada es imposible, aunque parezca muy difícil
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