Vivir sin Facebook

Veo que esta semana la desconexión digital es noticia y me río mientras me siento relajada a fumarme un piti.  

Ah no, que este año he dejado de fumar, he dejado los sujes con aro y me he despedido de Facebook. 
No mentiré, tengo un perfil falso desde el que controlar mi fanpage, con mis buenos cero amigos y la paz que ello conlleva. 

¿Y sabéis que siento? Relax.

Cada uno con su mundo, pero por trabajo y por el número de amigos de aquí y de allá, del sector, de sitios donde he estudiado, trabajado o viajado, mi Facebook tenía un overbooking que para mí no era manejable. 

He tenido años locos de cuadrar comer con unos, cenar con otros, el café con Pepito, el trabajo, academias, planning mensual de lunes a domingo, y aunque hace mucho tiempo que me he pasado casi al otro extremo (igual dejando por el camino algún café de menos), me ha quedado un poso de valorar la soledad como si fuera oro puro. Y tengo siempre la sensación de que las redes sociales no me lo permiten. 

Hay muchas cosas que odio de Facebook: 

La obligación y dependencia: ¿Has visto lo que he publicado en Facebook? Lo tienes en Facebook. Es el cumple de X, tienes N notificaciones y te recuerdo que tienes que bajarte la aplicación de MSN. 
Cuando me quité Facebook  mi madre pensaba que me había pasado algo. Tengo amigos que en conversaciones normales cara a cara se quejan de que nadie les contesta a lo que publican, colegas que actualizan cada dos minutos si cambian la foto de perfil para ver los likes. 
La vida diaria y sus relaciones parecen pasar por Facebook, pues mira, no. Si has publicado algo tan importante en Facebook, me imagino que ya me enteraré, si no me entero, o no somos tan amigos o no será tan importante. 

La pérdida de espontaneidad: antes publicábamos desde las vacaciones hasta el dolor de muelas y ahora nuestros Facebook parecen una central de noticias. Somos mini medios divulgando aquello que nos parece más interesante, o lo que nos hace parecerlo más. La verdad es que no estaba muy interesada en el dolor de muelas de mil tropemil contactos, pero me gustaba la característica de "familiaridad" que se tenía con los contactos. Era lógico que ganáramos en privacidad, pero creo que la tendencia al postureo hace que casi pudiéramos intercambiarnos las cuentas, vaya coñazo. 

El indirectómetro: aunque tenemos el otro extremo, el millar de indirectas que pululan por Facebook, desde el me has dejado y sé que ves mi perfil, hasta los piques entre amigos o las reyertas familiares y amorosas. Esto...¿en serio? A la cara no, pero en Facebook sí. Me imagino que también sois de los que necesitáis un copazo para ligar. Estas que son las cosas que hay que hablar en privado, son las que se dicen en público. ¿? Me he perdido, en serio,

La cadena. No solo uno tiene que estar en Facebook, si no que además tiene que compartir en su estado dónde te conoció para demostrar su amistad, ponerse una palabra clave para "jugar" a favor de las enfermedades, dar likes a la foto del perro despellejado y del niño en el hospital, decir una peli, una canción, hacerse el vídeo recopilatorio del año y recordar que hoy es del día del niño, del agua y de la madre que nos parió, todo menos del adicto a Internet, que falta nos haría. Pues mira, no nos dan las horas para banderas de perfil donde hay muertos cada día, ni las causas, la religión o la política, son siempre comunes. Así que a mí la obligación de exponer con qué me solidarizo (colaborar es otra cosa, sabéis ¿verdad?), pues también me da por saco.  

Además, no confío nada en la privacidad de Facebook- Antes de eliminar mi cuenta me llegó un mensaje como si yo hubiera añadido a alguien con quien no tengo trato, no es la primera vez que me llega solicitud de alguien que sé (del verbo saber con certeza) que no me ha añadido y no soy el primer caso ni el último. Mira Facebook, vete a tomar por culo, que bastante me lío sola como para que vengas a liarme tú.

Por otro lado, no soportaba ese algoritmo en el que "se decidía" qué intereses o personas eran más importantes para mí, ¿Ein? Perdona, ponme todo, que ya me leeré lo que quiera. No hay algoritmo que pueda valorar qué me interesa más o menos, si no me sirves todo para que se pueda comparar.

Así que un día me levanté y decidí que pasaba de Facebook. Al principio la gente te mira con incredulidad y te pregunta si te ha pasado algo, o se plantea cómo vas a enterarte de esto o de aquello. No sé, a mí de pequeña venían a buscarme llamándome al telefonillo y no me ha pasado nada, mantengo un teléfono con su whatssap y otras redes sociales... Igual tantas no eran necesarias. 

Ya hace mucho tiempo que mis  chats de Whatsapp están silenciados, me bajé (y borré en un par de semanas) mi cuenta de Snapchat y no respondo mensajes directos en ninguna red social, a no ser que sean de gente que valoro en algún sentido o que tengan carácter laboral. Y por supuesto eliminé cualquier herramienta de geolocalización y Tinder me duró dos semanas.

Mantengo Instagram porque me encanta y me flipa veros en vuestras historias naturales, con vuestras voces, vuestros sin filtros y el día a día. 
Mantengo Twitter, porque no he conocido herramienta de información y diversión que me dé tan buenos ratos. 

Pero Facebook, te lo dije, me caías mal y como bien te dirían firmado por Coelho: Lo que no suma, resta. Agur, ¡yogurt!







1 comentarios :

Celina dijo...

Si te ha aportado paz te alabo el gusto!!!!